SUMERGIDOS EN EL SILENCIO PARA ENCONTRAR A DIOS

Oración, limosna y ayuno ayudan a estar más atentos a Dios
y al prójimo e inflama la voluntad de obedecer al Padre

La vida de la sociedad cada vez se torna más cómoda y nos invita a realizar el mínimo esfuerzo. Entre menos sufras es mejor. Así, el ser humano va creándose una idea que le aparta del dolor y de todo aquello que implique un compromiso.
Por eso deben de resonar las palabras que Dios le dirige a Abraham al invitarlo a dejar su comodidad e ir en busca de una tierra preparada para el pueblo escogido, pero para llegar a ese lugar que mana leche y miel deben de pasar por el desierto donde se purificara su fe y su amor por el Dios único y verdadero.
Hoy nuestra madre y maestra la Iglesia nos ofrece este tiempo de Cuaresma para vivir el desierto en la ciudad, para abrazar el silencio y acercarse con los pies descalzos a contemplar la zarza que Dios presento a Moisés.
Los lugares bíblicos son muy importantes porque en ellos el ser humano se deja tocar por la mano de Dios. El pueblo de Israel estará 40 días en el desierto porque es ahí donde Dios mostrará su gran poder al darles de beber de la roca y alimentarlos con el pan del Cielo. Jesucristo pasó en el desierto 40 días donde se encontró con Dios y se preparó para predicar el reino y también se fortaleció para recibir las tentaciones del Demonio y no dejarse vencer por el mal.
Son 40 días en los que tienes la oportunidad de reencontrarte con Dios, de reflexionar más íntimamente cómo ha sido durante este tiempo tu relación con quien sabes que siempre te ama, es decir, con Dios.
Son 40 días para vivir en oración, para alejarte de tus labores cotidianas y tener un espacio de silencio donde puedas escuchar la voz de Dios, que en todo momento de la vida te está buscando para hacerte feliz.
La Cuaresma la iniciamos con el signo de la ceniza que nos recuerda nuestro origen con Dios que del polvo nos ha creado; abre tu corazón para escuchar en tu interior, recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás.
Para vivir este tiempo de Cuaresma, el Papa Francisco no dice: “Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno”.
El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia.
A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: “Os conviene” (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la Divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si Él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, Él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?
            El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Pbro. Efraín Macías Jiménez
Vicario Parroquial de San Juan Bautista,
Cadereyta Jiménez, N. L.