Para formar seminaristas se necesita…

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En nuestra vida y en cualquier vocación, todos necesitamos ser acompañados y formados por los demás para aprender, crecer y madurar en cada etapa y momento de nuestra vida. Es la familia la que nos enseña a amar y nos forma en los valores humanos y cristianos; en la escuela los maestros nos transmiten muchos valores y conocimientos que nos hacen madurar; la Iglesia, como madre y maestra, nos ayuda a buscar la santidad como bautizados.

            Cuando hablamos de la vocación sacerdotal, el Seminario es un espacio en el que nos encontramos con jóvenes valientes que responden libremente a un llamado de Dios y así profundizar y discernir en su vocación.

            ¿Pero cómo formar a los seminaristas de nuestro tiempo? Antes que nada, el formador necesita saberse y sentirse verdadero discípulo del único Maestro y Pastor que es Jesús. El formador debe saber que no sabe todo y que con sus limitaciones, necesita escuchar, aconsejar y acompañar a cada uno de los seminaristas que tienen una historia personal y familiar de vida. El formador busca valorar a cada seminarista con su propia historia de vida respetando su proceso de vida interior; también es alguien que busca caminar junto al seminarista para ayudarle a escuchar la voz del Espíritu de Dios.

            Por otro lado, los seminaristas necesitan aprender a tener relaciones interpersonales sanas, a ser hombres de oración con una espiritualidad sólida, a estudiar y estar bien actualizados y preparados, a trabajar con sencillez, entrega y alegría en la Pastoral, a responder generosamente a lo que la Iglesia y el mundo de hoy necesitan.

            Sin embargo, los formadores tenemos que saber con claridad que estamos formando pastores y no intelectuales; que estamos formando personas sensibles al pueblo de Dios evitando toda clase de autoritarismo. La Iglesia de hoy necesita de sacerdotes compasivos que transmitan la misericordia de Dios. Por eso, el arte del formador está en la capacidad de ayudar al seminarista a descubrir y discernir qué es lo mejor para él, para la Iglesia y para la gloria de Dios.

            El formador no es un “policía”, pero tampoco es alguien “permisivo”; se esfuerza por ser una persona madura que busca a Dios y ser alguien cercano al formando, que va aprendiendo a aconsejar con sabiduría y rectitud conforme a la verdad del Evangelio y conforme a los lineamientos de la Iglesia para la formación sacerdotal; acompaña con objetividad, firmeza y cordialidad.

            El formador se esfuerza por ser un hombre de vida interior intensa y profunda, forjando su libertad y expresándose con asertividad en comunión con el equipo formador, que entrega su vida a tiempo completo para que los formandos aprendan el camino de Jesús, Sacerdote y Pastor.

            Es importante que el formador esté consciente que no todos los seminaristas llegarán a ser sacerdotes, pues algunos fueron llamados para formarse en el Seminario por un determinado tiempo de su vida y así ser auténticos cristianos y buenos ciudadanos. En general, considero que la formación es el proceso de vida en el que se forja el corazón de pastor y se muestra la belleza de la vocación sacerdotal.  Por eso, es muy importante que siempre respaldemos a los formadores en esta delicada encomienda y oremos por ellos, y se les brinde la capacitación necesaria para que sepan cumplir con efectividad, fidelidad, alegría y sencillez  la voluntad de Dios.

Pbro. Lic. Anuar Tofic Canavati González

Coordinador del Curso Introductorio

Seminario de Monterrey

En Twitter: @padreanuar